Estaciones

Primavera.

Nace una flor, tímida,

de entre las cenizas y la nieve.

 

Verano.

Nace un amor, esquivo,

a través de las miradas en el metro.

 

Otoño.

Nace un temblor, frío,

oculto tras las hojas caducas.

 

Invierno.

Muere una flor, marchita,

asesinada a puñaladas.

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Reencuentros

Estoy algo borracho

y he pensado en escribirte.

Y en decirte todas las cosas que he callado

estos largos años.
Pero sé

que sería mala idea.

 

He preferido

escribirte este poema.

Que no quiero

(y quiero)

que leas.

 

He pensado mucho en ti.

En lo que pudo haber sido.

Y en lo que

(probablemente)

jamás volverá a ser.

 

Pero da igual.

Somos más maduros.

Menos niños.

 

Ya no soñamos

con noches eternas.

Ni besos que digan más

que te quedes.

Que no quiero perderme

en otros mares

que no sean tus ojos.

 

Porque

no sé cómo pasó.

Pero nos perdimos.

Y ya no sé

cómo decirte

que te sigo queriendo.

 

Tras todos estos años.

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Ansiedades

Silencio.

Silencio.

Me aplasta.

La oscuridad llegó

y me carcome el alma.

 

Gusanos

que se alimentan de mi

entereza.

 

Moscas

que roen el cadáver

de lo que un día fui.

 

Fantasmas.

Del pasado.

Que vuelven y me atormentan.

 

Idos.

Idos.

Me basto yo solo.

 

Ojos azules que llevan

las llamas del Infierno.

 

Carnes trémulas

que no son la mía.

 

Dejadme en paz.

 

Me basto yo solo.

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Pongamos que nos enamoramos

Pongamos que nos enamoramos.

Que tú te enamoras de mí

y que yo me enamoro de ti.

 

Pongamos que empezamos a vernos

y que conquistamos las sábanas

de tu cama un día

y de la mía una noche.

 

Imaginemos que

trenzamos un tapiz

con nuestras vidas.

 

Pensemos en

que hay canciones

que se escribieron pensando en nosotros

hace años.

 

Dibujemos

sonrisas

mientras comemos helado.

 

Pongamos que luego rompemos.

Que tú te cansas de mí.

Que yo no me canso de ti.

 

Pongamos que luego ya no nos vemos

y derribamos lo conquistado.

Tú en otra cama cada día

y yo en la mía cada noche.

 

Imaginemos que

quemamos el tapiz

de nuestras vidas.

 

Pensemos que

hay otras canciones

que también hablan de nosotros

pero que son más tristes.

 

Dibujemos

nuestra tristeza

mientras comemos helado

(pero, esta vez, a solas).

 

Pongamos que nos enamoramos.

Pongamos que nos destruimos.

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Venas y nervios

He encendido un pitillo

y me he abierto las venas

con un cuchillo hecho de recuerdos.

 

A través de los nervios de mis venas

caen,

una

a

una

caen

todas las gotas con nombre de mujer

que alguna vez me acompañaron

y yo no supe conservar.

 

Y con el plumón que le arranqué

al primer ave que pasó

y la sangre que mana de mi alma

y el alquitrán de mi corazón

empecé a dar cuenta de mis facturas

y mis cheques en blanco

que les extendí a todas.

 

Porque, lo cierto,

vida mía, es que

todo lo que escribo

y lo que prometo,

está en blanco.

 

Sólo lo relleno

cuando me abro las venas

y dejo que todo el pus

y el cáncer

y las lágrimas

y la gangrena

y la ponzoña

 

caiga aquí.

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Odios

Odio tu sonrisa tras dar un beso.

Odio tu andar.

Odio todas y cada una de tus virtudes.

Odio todos y cada uno de tus defectos.

Odio cómo te cae el pelo por los hombros.

Odio tus manos, tus ojos, tu piel.

Odio tu risa.

Odio tu llanto.

Odio tu recuerdo.

Y odio tu olor.

Odio todas y cada una de las cosas que me recuerden a ti.

 

Porque las amé.

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La vieja abadía

El otro día

(un día gris)

me topé con una vieja abadía.

Y, ¿qué queréis que os diga?

Entré.

 

Necesitaba purgar mis pecados.

Olvidar a quien amé

y huir de los desengaños.

 

Sin embargo, cuando crucé el umbral

y descorrí su cortina

no hallé allí a ningún dios.

Solo un jarrón de cristal.

Roto.

 

En ese jarrón

aún podía leerse una inscripción

que me golpeó como un relámpago.

 

“Alma”.

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El pequeño zorrillo

El zorrillo salió de su madriguera por la mañana y se desperezó. Desde aquel día, su madriguera era más espaciosa, más fría. Le costó un buen rato acostumbrarse a ella de nuevo. Pero lo hizo. El pequeño zorrillo anaranjado bostezó y abrió y cerró los ojos un par de veces para aclarar la vista. Veía el bosque, su hogar, su nuevo espacio de posibilidades. Valoró qué hacer.

Puedo ir, tranquilamente, a mi paso, hacia el lago que hay más allá de los cipreses, pensó. O también puedo ir trotando alegremente por los senderos que no conozco, guiado únicamente por mi curiosidad, pensó también. Empezó a agitar la cola, excitado. Miró hacia arriba, al cielo que, después de una larga temporada encapotado, ahora era, de nuevo, azul. Sonrió. Decidió, al fin, que lo mejor sería trotar sin rumbo fijo, como el trotamundos que sabía que era. Sus patitas iban levantando una polvareda al mismo ritmo que su trotar. Llegó a la linde del bosque, donde había una banda de músicos callejeros tocando jazz y fumando cigarrillos. Se acercó a ellos y comenzó a dar saltos al ritmo de las improvisaciones. Los músicos se rieron y tocaron más fuerte, acelerando los compases, pero el zorrillo no se cansaba de saltar y de bailar. La música le extasiaba, no recordaba cómo sonaba el jazz, y el recordarlo le llenó como nada le había llenado en meses. Se tiró bailando toda la mañana hasta que los músicos decidieron irse con su música a otra parte, pero al zorrillo eso no le importó.

Después de comer lo que le habían dejado, el zorrillo se volvió al bosque. Esta vez, sus ojos castaños y verdes, como el bosque mismo, se encontraron con los ojos de una garza. Ambos se sumieron en un baile desenfrenado hasta que la luna tuvo a bien bañarlos con su luz. Era el momento de separarse.

El curioso zorrillo volvió a su madriguera, a su fría y oscura madriguera. Pero volvió con el calor de la vida y la alegría de tener el bosque y la curiosidad que perdió de vuelta.

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El perdedor

Puedes ser adicto a muchas cosas.

Al tabaco.

Al alcohol.

A las drogas.
Puedes incluso ser adicto a la tristeza.

Y no querer salir de ella.

Por poder, puedes ser adicto al amor.

Y no encontrar refugio en la soledad.

Puedes ser adicto al fracaso,

y apostar todo al rojo a que saldrá mal.

 

Puedes ser adicto a una persona.

A la curva de sus caderas

y a sus sonrisas burlonas.

O a las sábanas vacías

que dejan su ausencia.

 

En tu cama.

Puedes tratar de saciar esa adicción.

Dolerá, tendrás mono.

Recaerás.

Una vez.

Y otra.

Y otra más.

 

Puedes ser adicto al Jazz,

pero no saber tocar solo

ese solo de trompeta.

 

Pero todo es el empeño que le pongas.

Y al valor que le des

al honor entre ladrones.

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¿Creéis en el Destino?

¿Creéis en el Destino? En esa palabra que evoca dolor, sufrimiento y vacío, pero también esperanza. ¿Creéis que hay personas que están destinadas a encontrarse en todas y cada una de las vidas que tengan, una y otra y otra y otra vez? Yo no.

 

Y no creo en el Destino porque eso significa que no tengo dominio sobre mis actos. Creo que cada persona es responsable de todas sus acciones y que tendrá que rendir cuentas ante la gente a la que quiere, la gente a la que quiso y la gente a la que perdió. Pero ante el que más se debe una disculpa es ante uno mismo. Cuando entiendes que, ante todo estás tú solo en tus noches más oscuras sin nadie más que tu compañía, más vale que tengas tu conciencia tranquila, porque solo hay una cosa peor que el desprecio de la persona amada: el desprecio que tienes hacia ti mismo.
Y por ello, queridos lectores que disfrutáis leyendo todas las gotas de sangre que forman letras en el papel en el que me desangro, os pido una sincera disculpa. Y también a ti, si me lees. Y os deseo a todos, de corazón, que os vaya bien y que seáis capaces de perdonarme. Yo he tardado 25 años en perdonarme a mí mismo. Y me he quitado un gran peso, porque por lo menos ahora puedo enfrentarme solo a mis demonios. Si nos encontraremos en alguna carretera apartada en algún punto de nuestro camino, o si nos separamos pero volvemos a encontrarnos en cualquier bar de Jazz, estaré dispuesto a un cigarro.

 

Hasta entonces, hasta la vista, cowboy espacial.

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